Nada revela mejor la ignorancia del mundo como alegar cual prueba de los méritos y valía de un hombre que tiene muchos amigos. ¡Como si los hombres otorgasen su amistad con arreglo a la valía y al mérito! ¡Como si, por el contrario, no fueran semejantes a los perros, que aman a quien les acaricia o solamente les echa huesos que roer, sin más halago! Quien mejor sabe acariciar a los hombres (aun cuando sean asquerosas alimañas), ese tiene muchos amigos.
Arthur Schopenhauer.
Por lo regular los hombres actúan aturdidos y cegados por el bullicio y la proximidad de sus necesidades y deseos pasajeros, por las exigencias del reloj y de los otros, por su propio temor y duras convicciones cuyo arrastre han heredado sin notarlo. En ese torbellino ninguna figura se define, ningún claro se abre, ninguna frase se articula. Por el contrario, todo se difumina, todas las cosas se atropellan unas a otras, precipitadamente, y todas las palabras son ecos. En resumen, no es posible distinguir lo que vale de lo que no: o todo brilla como el oro, o todo es apenas polvo. Los actos de los hombres son entonces, incansablemente, los mismos —vanos, banales, vacuos…
Son en efecto pocas cosas las que dignifican al hombre. Pero esas poquísimas cosas, ya su mera posibilidad incluso, hacen que todo lo demás tenga sentido. La virtud, ya no en sentido moral, no puede consistir —esto lo sabían los griegos—, sino en acercarse lo más posible a la plenitud de las propias posibilidades, esto es, de lo que se es de una manera esencial. En pocas palabras, eso que dignifica al hombre no es sino el más pleno desarrollo de lo que lo hace humano. Una de ellas es la justicia (acaso también la más improbable); otra la belleza (un verso en un poema, una breve melodía…); otra es el pensamiento (no la mera razón ni la simple inteligencia, sino el pensar profundo que algunos filósofos han logrado alcanzar); y otra, en fin, es la amistad.
Por eso, los actos de un hombre cobran valor en la medida en que se aproximan a esas poquísimas cosas. Sólo al alacanzar tales cosas el hombre se sobrepone a sí mismo, sólo entonces es más que solamente sí, únicamente entonces se configura, en medio de la estupidez generalizada, algo de sentido. En la amistad, por ejemplo, los amigos se dignifican, en tanto humanos. Y es que la auténtica amistad tiene como condiciones el respeto y la admiración. No es posible considerar amigo a aquél por quien se siente desprecio, sino sólo a aquél de quien uno considera poder aprender algo, por ejemplo. La auténtica amistad se reconoce más bien cuando uno se esfuerza por ser cada vez más digno de sus amigos.
Quien escoge a sus amigos pensando en quienes habrán de facilitarle el camino quitando los obstáculos de él, en realidad no quiere amigos, pues estos no serían sino medios que dejarán de ser útiles tan pronto como hayan cumplido su función. Éste tampoco, por ende, se quiere virtuoso. En cambio, quien los elige pensando en quienes habrán de ayudarlo, pero no quitando obstáculos, sino contribuyendo a hacerlo más hábil para superarlos, no sólo se quiere virtuoso sino que, por ello mismo, quiere a sus amigos por lo que de virtuoso hay en ellos y no meramente por lo que le pueden dar. Así, la medida del respeto que uno le puede tener a otros es inversamente proporcional a la condescendencia y a la indulgencia que uno tiene para consigo mismo. De la misma manera, los amigos que se tienen son la medida de la exigencia con que uno se trata.
(Texto publicado en el suplemento Péndulo 21 del diario La jornada Aguascalientes, el día 2 de febrero del año 2010).
Son en efecto pocas cosas las que dignifican al hombre. Pero esas poquísimas cosas, ya su mera posibilidad incluso, hacen que todo lo demás tenga sentido. La virtud, ya no en sentido moral, no puede consistir —esto lo sabían los griegos—, sino en acercarse lo más posible a la plenitud de las propias posibilidades, esto es, de lo que se es de una manera esencial. En pocas palabras, eso que dignifica al hombre no es sino el más pleno desarrollo de lo que lo hace humano. Una de ellas es la justicia (acaso también la más improbable); otra la belleza (un verso en un poema, una breve melodía…); otra es el pensamiento (no la mera razón ni la simple inteligencia, sino el pensar profundo que algunos filósofos han logrado alcanzar); y otra, en fin, es la amistad.
Por eso, los actos de un hombre cobran valor en la medida en que se aproximan a esas poquísimas cosas. Sólo al alacanzar tales cosas el hombre se sobrepone a sí mismo, sólo entonces es más que solamente sí, únicamente entonces se configura, en medio de la estupidez generalizada, algo de sentido. En la amistad, por ejemplo, los amigos se dignifican, en tanto humanos. Y es que la auténtica amistad tiene como condiciones el respeto y la admiración. No es posible considerar amigo a aquél por quien se siente desprecio, sino sólo a aquél de quien uno considera poder aprender algo, por ejemplo. La auténtica amistad se reconoce más bien cuando uno se esfuerza por ser cada vez más digno de sus amigos.
Quien escoge a sus amigos pensando en quienes habrán de facilitarle el camino quitando los obstáculos de él, en realidad no quiere amigos, pues estos no serían sino medios que dejarán de ser útiles tan pronto como hayan cumplido su función. Éste tampoco, por ende, se quiere virtuoso. En cambio, quien los elige pensando en quienes habrán de ayudarlo, pero no quitando obstáculos, sino contribuyendo a hacerlo más hábil para superarlos, no sólo se quiere virtuoso sino que, por ello mismo, quiere a sus amigos por lo que de virtuoso hay en ellos y no meramente por lo que le pueden dar. Así, la medida del respeto que uno le puede tener a otros es inversamente proporcional a la condescendencia y a la indulgencia que uno tiene para consigo mismo. De la misma manera, los amigos que se tienen son la medida de la exigencia con que uno se trata.
(Texto publicado en el suplemento Péndulo 21 del diario La jornada Aguascalientes, el día 2 de febrero del año 2010).
