Lo mismo en el más torpe que en el más lúcido de los hombres, los ojos enrojecidos no ven nunca con claridad, sino que todo se desfigura ante ellos, y las bocas enfurecidas no hablan nunca sensata ni verazmente, sino que buscan herir. Así como no hay que escuchar a quienes hablan así, es preciso también callar cuando uno mismo se encuentra en tal estado, suponiendo por supuesto que uno prefiera en tales casos ver las cosas claramente y hablar con sensatez y veracidad... Pero no puede afirmarse que esto sea en todos los casos posibles lo mejor. El hombre sabio no es pues el más sereno, sino el que atina a serenarse cuando ello es lo mejor, y se deja enfurecer en caso contrario.
martes 10 de enero de 2012
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